lunes, 13 de diciembre de 2010

El día de la victoria.

Hoy ha sido un glorioso día fisikucho.
Pasaban unos minutos de las 1200, hora local, despejado, sin viento, la calma que precede a la tempestad que, a un reducido pero irreducible grupo de físicos (solo dos Fisikuchos de renombre, a saber, Macetash y un servidor), se nos venia encima.

Dirigiéndonos entre risas, para disimular el miedo, a la facultad (solo de recordarlo me entran escalofrios) de matemáticas. Nuestro destino, una de las frías aulas de la primera planta, el objetivo, Maxwell y sus secuaces, aparecidos en forma de ondas milimétricas.

Cual sería nuestra sorpresa al llegar a la clase y encontrarla infectada de novatos matemáticos, ¡Vive Dios que hacemos hoy, en este lugar, en este momento nuestro examen! gritábamos enfurecidos a los infieles que ocupaban nuestro lugar de tormento, pues, por mucho miedo que tuviéramos a los folios con terribles y amargas preguntas que nos esperaban de la mano de nuestro profesor, no íbamos a ceder ni media landa.

Adentrose nuestro mentor en el aula, exploró el campo de batalla y profiriendo amenazas como: Pi es exactamente tres, e² es del orden de diez, metemos la derivada bajo el signo de integral y otras del mismo calibre, reclamó el aula. Los matemáticos, rendidos, abandonaron el aula, cabizbajos y con la vana esperanza de venganza en algún futuro incierto.

Nos sentíamos felices, eufóricos por echar a los matemáticos de su feudo, pensando que podríamos aprobar cualquier examen, pero nada dura eternamente...

Dos horas después nadie se atrevería a decir que un examen había tenido lugar. Nadie quedaba para defender nuestra plaza, nadie para defender nuestro honor.